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lunes, 26 de abril de 2010

Programa Doble: 5 Días Sin Nora y Morirse está en Hebreo




El ser judío fuera de Israel, viviendo en un país con tradiciones e historia completamente ajena a la propia, para empezar porque México es una nación entre cuyos orgullos figura el de ser laica, es un tema que ha sido abordado con enorme sentido del humor por directores judeo-mexicanos.

Para empezar Novia que te Vea (1994) de Guita Shifter, con guión de Hugo Iriart, basada en la novela de Rosa Nissan. Luego podríamos añadir varios títulos, pero para mencionar sólo aquellos que mezclan magistralmente comedia y drama habrá que ir 13 años después, a Morirse está en Hebreo (2007) de Alejandro Springall y en 2009, Cinco Días Sin Nora de la debutante Mariana Chenillo.

Estas dos últimas tienen mucho en común, pero principalmente el hecho de que ambas abordan el tema de la muerte de dos personas que por distintas razones dejarán muchos problemas para decidir el rito funerario que le corresponde.

A pesar de los intentos del conservadurismo y la visión parcial de quienes quieren a México como una tierra católica y guadalupana, lo cierto es que en el Siglo XX prevaleció el concepto de estado laico y esto permitió entre otras cosas que se desarrollara paralelamente la historia de judíos ortodoxos que pudieron apegarse a su religión con mayor seguridad y respeto que si vivieran en Israel y liberales otros, la mayoría intelectuales, científicos y artistas que aportaron su talento sin las barreras que imponen las creencias religiosas particulares.

Nada es tan seguro en la vida como la muerte. ¿Qué va a pasar entonces con los ritos funerarios de una persona judía que no fue religiosa? O peor aún, cuando su destino final depende de un tercero que cree que todas las religiones son exactamente iguales, un mecanismo para sacarle dinero a la gente.

Tanto en Morirse está en Hebreo como en Cinco días sin Nora se aplica la cuestión de esa palabra dominguera que es el sincretismo, entendiéndolo como el lugar en el que confluyen doctrinas diferentes. En ambas es el personal de servicio, que a pesar de conocer completamente las tradiciones de sus patrones no pueden abstenerse ya sea de poner una veladora, o de maquillar a la muerta, profanando el rito judío.

En ambas películas la mezcla de humor y melancolía es magistral; pero en la de Chenillo la actuación de Fernando Luján dejará un recuerdo imborrable del personaje de José, un hombre amargado por 30 años de matrimonio con una mujer depresiva que todo el tiempo amenazó con quitarse la vida y que se desquita pidiendo pizza (pan con levadura) con carne de cerdo en plenas fiestas religiosas de Pesaj (que conmemora la huida de los judíos de Egipto, cuando no hubo tiempo de que esponjara el pan).

Este José, tan contento de amargarle la vida a los rabinos, es en contraste un tiernísimo abuelo, un hombre perdidamente enamorado después de 20 años de divorcio y al final de cuentas el único que encuentra una solución al dilema que enfrenta su familia.

En contrapunto, Enrique Arreola interpreta a Moisés un joven mexicano adoptado por la comunidad judía, que hace todo lo posible por merecerse esto que el considera un privilegio y una forma de agradececer las atenciones.
Ambos tendrán un punto de encuentro cuando tienen que cubrirse con sendos abrigos de mujer, ya que para que el cuerpo de Nora no se descomponga en los cinco días que tienen que esperar para el entierro, habrán de poner al máximo el clima artificial. Los varones con abrigos de mujer son una muestra del humor discreto de la cinta.


En Morirse está en Hebreo, Springall hizo un extraodinario esfuerzo por conjuntar un equipo de creativos y actores de origen judío. Algunos de ellos como Raquel Pankowsky (quien adquirió fama por su interpretación de Martha Sahagun) declaró que fue una emoción enorme el confrontarse de nuevo con sus raíces.
Mariana Chenillo no se esforzó en ello, muy pocos de sus actores tienen esos antecedentes étnicos, pero al tener en su reparto a Fernando Luján, el mejor actor mexicano del momento según se reconoció en la entrega de los arieles, y a otras de la categoría de Marina de Tavira, la situación queda completamente compensada-
Marina, cuyo papel en realidad es muy breve, nos habla de su talento en este resumen que hace de la película: "toca el punto de que la religión es mucho más que la fe: también tiene que ver con la familia, con la comunidad, con las relaciones sociales y uno se relaciona a través de los ritos...."
Mariana Chenillo dice y dice bien que eligió el tono de comedia, porque la comedia permite hablar de cosas profundas.
Uno de sus aciertos es que no recrea el ambiente donde viven los judíos de clase media en la Ciudad de México. Simplemente lo retrata. Esto queda claro al final, donde sin peligro alguno de darle a conocer a usted el desenlace, podemos ver en sucesivas tomas los edificios de Polanco donde moran estas personas. Sus mismos muebles, hechos para perdurar y para recibir a comensales numerosos, sus mismas decoraciones e incluso las marcas comerciales que consumen.
Por esto podemos concluir que 5 días sin Nora, es mucho más que entretenimiento, un cuadro del múltiple mosaico cultural del México del Siglo XXI.







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